DEACON TOM ANTHONY

Saturday, June 9, 2018






X Domingo ordinario
Leccionario: 89

Primera lectura

Gen 3, 9-15
Después de que el hombre y la mujer comieron del fruto del árbol prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le preguntó: “¿Dónde estás?” Éste le respondió: “Oí tus pasos en el jardín; y tuve miedo, porque estoy desnudo, y me escondí”. Entonces le dijo Dios: “¿Y quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿Has comido acaso del árbol del que te prohibí comer?”

Respondió Adán: “La mujer que me diste por compañera me ofreció del fruto del árbol y comí”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Por qué has hecho esto?” Repuso la mujer: “La serpiente me engañó y comí”.

Entonces dijo el Señor Dios a la serpiente:
“Porque has hecho esto,
serás maldita entre todos los animales
y entre todas las bestias salvajes.

Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo
todos los días de tu vida.
Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya;
y su descendencia te aplastará la cabeza,
mientras tú tratarás de morder su talón”.


Salmo Responsorial

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8
R. (7) Perdónanos, Señor, y viviremos.
Desde el abismo de mis pecados clamo a ti;
Señor, escucha mi clamor;
que estén atentos tus oídos
a mi voz suplicante.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Si conservaras el recuerdo de las culpas,
¿quién habría, Señor, que se salvara?
Pero de ti procede el perdón,
por eso con amor te veneramos.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Confío en el Señor,
mi alma espera y confía en su palabra;
mi alma aguarda al Señor.
mucho más que a la aurora el centinela.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Como aguarda a la aurora el centinela,
aguarda Israel del Señor,
porque del Señor viene la misericordia,
y la abundancia de la redención,
y él redimirá a su pueblo
de todas sus iniquidades.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.

Segunda lectura

2 Cor 4, 13–5, 1

Hermanos: Como poseemos el mismo espíritu de fe que se expresa en aquel texto de la Escritura: Creo, por eso hablo, también nosotros creemos y por eso hablamos, sabiendo que aquel que resucitó a Jesús nos resucitará también a nosotros con Jesús y nos colocará a su lado con ustedes. Y todo esto es para bien de ustedes, de manera que, al extenderse la gracia a más y más personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios.

Por esta razón no nos acobardamos; pues aunque nuestro cuerpo se va desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. Nuestros sufrimientos momentáneos y ligeros nos producen una riqueza eterna, una gloria que los sobrepasa con exceso.

Nosotros no ponemos la mira en lo que se ve, sino en lo que no se ve, porque lo que se ve es transitorio y lo que no se ve es eterno. Sabemos que, aunque se desmorone esta morada terrena, que nos sirve de habitación, Dios nos tiene preparada en el cielo una morada eterna, no construida por manos humanas.


Aclamación antes del Evangelio

Jn 12, 31-32
R. Aleluya, aleluya.
Ya va a ser arrojado el príncipe de este mundo.
Cuando yo sea levantado de la tierra,
atraeré a todos hacia mí, dice el Señor.
R. Aleluya.


Evangelio

Mc 3, 20-35
En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco.

Los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos, no puede subsistir. Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo.

Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.


Mis hermanos y hermanas,

 
Nosotros como cristianos estamos todos unidos bajo Nuestro Señor Jesucristo. Cuando Jesús vino a esta tierra en la carne, estableció su Iglesia Universal donde fue a través del bautismo que nos hicimos miembros y reclamamos nuestro derecho de nacimiento como hijos de Dios. Las divisiones dentro de la Iglesia son causadas por nosotros y no por Jesús. Nos dieron algo perfecto y en nuestro quebranto causamos que se rompa. Esto no fue por el diseño de Jesús sino por nuestro propio egoísmo. Cada separación se puede remontar a un evento que fue perpetuado por los intereses humanos y nada divinamente inspirado. Esto se remonta a la primera interrupción y continúa hasta la actualidad. Jesús dice en la lectura del Evangelio de hoy que una casa dividida no puede mantenerse. Continúa diciendo que aquellos que son sus madres y hermanos son los que lo siguen. Si este es el caso, las divisiones dentro de esa unidad espiritual solo pueden observarse como no naturales. Somos una familia con Dios como nuestro Padre. Se supone que debemos centrarnos en nuestra relación con Jesucristo y cómo puede afectar nuestras vidas a diario y acercarnos más a él. Desafortunadamente, en nuestra condición humana, nuestros propios deseos egoístas tienden a interponerse en el camino de esta relación como lo hace en muchos otros.

La Primera lectura de hoy nos recuerda cómo, incluso cuando se nos da todo, todavía corremos el peligro de querer y tomar más. Estábamos en una relación perfecta con Dios. Así es como Él nos creó. No queríamos nada y disfrutamos de todo. Sin embargo, en nuestro egoísmo y orgullo, ansiamos más. Tomamos más y perseguimos nuestros propios intereses pensando que sabíamos mejor que Dios con respecto a lo que nos haría felices. Esa era nuestra condición entonces y esta es nuestra condición hoy. Dios nos suplica constantemente que entreguemos nuestra voluntad a Él para experimentar un mejor camino y una vida mejor. A pesar de que todos sabemos lo que trae una vida sin él, todavía luchamos todos los días para entregárselo a él. Esto provoca otra división antinatural con nuestra relación y dentro de nuestra comunidad.

La buena noticia es que la realización de esta condición puede provocar la curación. La voluntad de cambiar y vivir la experiencia de Cristo nos da la capacidad de superar estos obstáculos que creamos para nosotros mismos. Para Dios hay castigo, pero también hay consuelo y misericordia. Lo que podemos percibir como castigo es en realidad sabiduría, instrucción y amor. A través de nuestro beneficio de la experiencia, Dios nos está guiando a algo mejor si solo lo escuchamos y reconocemos su presencia. No hay necesidad de esconderse de Él y despedirlo solo nos trae miseria. Ya lo sabemos, así que lo más lógico es dejar de hacer lo que nos está destruyendo en primer lugar. Lo que Él quiere es que lo abracemos y vivamos nuestras vidas con él.



Jesús nos hace una promesa increíble en la lectura del Evangelio de hoy:

"Todos los pecados y todas las blasfemias que las personas pronuncien serán
los perdonó ".

Venimos a Él quebrantado y pecaminoso. Nadie está exento de esta condición. Sin embargo, al igual que estas divisiones que tenemos y seguimos creando, no es natural y Jesús explica que quiere que nuestra condición vuelva a ser natural. Él quiere que seamos como éramos anteriormente: infantil, inocente y alegre. Esta es la clave para una vida plena y hermosa. No podemos tener miedo de descomponer lo que ya construimos y empezar de nuevo. Debemos ser vigorizados y entusiasmados con el descubrimiento de una nueva forma de ver y hacer las cosas. Como lo mencionó Paul en su carta de hoy:

"Nuestro yo interior se renueva día a día".

Él nos dice que todo lo que enfrentamos hoy no es nada en comparación con lo que Jesucristo tiene reservado para nosotros. Hay tanta fe y esperanza en esa promesa. Lo que es aún mejor es el hecho de que nosotros como cristianos ya sabemos que es verdad. La única razón por la cual tememos abrazar esa verdad es que todos tenemos esta lucha al aceptar que alguien más tiene influencia sobre nuestras vidas además de nosotros mismos. Verdaderamente debemos dar un paso atrás, dejarlo ir, y dejar que Dios haga el trabajo dentro de nosotros que Él quiere hacer. Los resultados hablarán por sí mismos.

Diácono Tom











Sunday, June 3, 2018






The Solemnity of the Most Holy Body and Blood of Christ
Lectionary: 168

Reading 1 Ex 24:3-8

When Moses came to the people
and related all the words and ordinances of the LORD,
they all answered with one voice,
"We will do everything that the LORD has told us."
Moses then wrote down all the words of the LORD and,
rising early the next day,
he erected at the foot of the mountain an altar
and twelve pillars for the twelve tribes of Israel.
Then, having sent certain young men of the Israelites
to offer holocausts and sacrifice young bulls
as peace offerings to the LORD,
Moses took half of the blood and put it in large bowls;
the other half he splashed on the altar.
Taking the book of the covenant, he read it aloud to the people,
who answered, "All that the LORD has said, we will heed and do."
Then he took the blood and sprinkled it on the people, saying,
"This is the blood of the covenant
that the LORD has made with you
in accordance with all these words of his."

Responsorial Psalm Ps 116:12-13, 15-16, 17-18

R. (13) I will take the cup of salvation, and call on the name of the Lord.
or:
R. Alleluia.
How shall I make a return to the LORD
for all the good he has done for me?
The cup of salvation I will take up,
and I will call upon the name of the LORD.
R. I will take the cup of salvation, and call on the name of the Lord.
or:
R. Alleluia.
Precious in the eyes of the LORD
is the death of his faithful ones.
I am your servant, the son of your handmaid;
you have loosed my bonds.
R. I will take the cup of salvation, and call on the name of the Lord.
or:
R. Alleluia.
To you will I offer sacrifice of thanksgiving,
and I will call upon the name of the LORD.
My vows to the LORD I will pay
in the presence of all his people.
R. I will take the cup of salvation, and call on the name of the Lord.
or:
R. Alleluia.

Reading 2 Heb 9:11-15

Brothers and sisters:
When Christ came as high priest
of the good things that have come to be,
passing through the greater and more perfect tabernacle
not made by hands, that is, not belonging to this creation,
he entered once for all into the sanctuary,
not with the blood of goats and calves
but with his own blood, thus obtaining eternal redemption.
For if the blood of goats and bulls
and the sprinkling of a heifer's ashes
can sanctify those who are defiled
so that their flesh is cleansed,
how much more will the blood of Christ,
who through the eternal Spirit offered himself unblemished to God,
cleanse our consciences from dead works
to worship the living God.

For this reason he is mediator of a new covenant:
since a death has taken place for deliverance
from transgressions under the first covenant,
those who are called may receive the promised eternal inheritance.

 

Sequence

Lauda Sion

Laud, O Zion, your salvation,
Laud with hymns of exultation,
Christ, your king and shepherd true:

Bring him all the praise you know,
He is more than you bestow.
Never can you reach his due.

Special theme for glad thanksgiving
Is the quick’ning and the living
Bread today before you set:

From his hands of old partaken,
As we know, by faith unshaken,
Where the Twelve at supper met.

Full and clear ring out your chanting,
Joy nor sweetest grace be wanting,
From your heart let praises burst:

For today the feast is holden,
When the institution olden
Of that supper was rehearsed.

Here the new law’s new oblation,
By the new king’s revelation,
Ends the form of ancient rite:

Now the new the old effaces,
Truth away the shadow chases,
Light dispels the gloom of night.

What he did at supper seated,
Christ ordained to be repeated,
His memorial ne’er to cease:

And his rule for guidance taking,
Bread and wine we hallow, making
Thus our sacrifice of peace.

This the truth each Christian learns,
Bread into his flesh he turns,
To his precious blood the wine:

Sight has fail’d, nor thought conceives,
But a dauntless faith believes,
Resting on a pow’r divine.

Here beneath these signs are hidden
Priceless things to sense forbidden;
Signs, not things are all we see:

Blood is poured and flesh is broken,
Yet in either wondrous token
Christ entire we know to be.

Whoso of this food partakes,
Does not rend the Lord nor breaks;
Christ is whole to all that taste:

Thousands are, as one, receivers,
One, as thousands of believers,
Eats of him who cannot waste.

Bad and good the feast are sharing,
Of what divers dooms preparing,
Endless death, or endless life.

Life to these, to those damnation,
See how like participation
Is with unlike issues rife.

When the sacrament is broken,
Doubt not, but believe ‘tis spoken,
That each sever’d outward token
doth the very whole contain.

Nought the precious gift divides,
Breaking but the sign betides
Jesus still the same abides,
still unbroken does remain.

 

Alleluia Jn 6:51

R. Alleluia, alleluia.
I am the living bread that came down from heaven,
says the Lord;
whoever eats this bread will live forever.
R. Alleluia, alleluia.

Gospel Mk 14:12-16, 22-26

On the first day of the Feast of Unleavened Bread,
when they sacrificed the Passover lamb,
Jesus’ disciples said to him,
"Where do you want us to go
and prepare for you to eat the Passover?"
He sent two of his disciples and said to them,
"Go into the city and a man will meet you,
carrying a jar of water.
Follow him.
Wherever he enters, say to the master of the house,
'The Teacher says, "Where is my guest room
where I may eat the Passover with my disciples?"'
Then he will show you a large upper room furnished and ready.
Make the preparations for us there."
The disciples then went off, entered the city,
and found it just as he had told them;
and they prepared the Passover.
While they were eating,
he took bread, said the blessing,
broke it, gave it to them, and said,
"Take it; this is my body."
Then he took a cup, gave thanks, and gave it to them,
and they all drank from it.
He said to them,
"This is my blood of the covenant,
which will be shed for many.
Amen, I say to you,
I shall not drink again the fruit of the vine
until the day when I drink it new in the kingdom of God."
Then, after singing a hymn,
they went out to the Mount of Olives.



My Brothers and Sisters,

 Before Jesus suffered and died for us, He gave us all a most precious gift that would insure that He was with us always mentally, physically, and spiritually until he comes again in all of His glory. One of His last instructions was for all of us to receive His Body and Blood which is present in the Eucharist. From that moment on, for over 2000 years, we as Christians celebrate together with Jesus the receiving of Him into ourselves. It is through this act that we profess our love for Him and gain the spiritual food which strengthens us; enabling us to confront the challenges and obstacles we encounter throughout our lives. It is a special grace that was instituted and distributed through The Holy Mother Church through the guidance of the Apostles. The importance of it cannot be overstated. The consecration of the Eucharist is at the center of our worship, our faith, our lives, and all of creation. The way that we gather in community to worship remains the same because it is the way that Jesus wanted us to experience Him and live with Him. The Holy Mass gives us all the opportunity to gather together as a family and experience Jesus Christ together.

At the center of a Christian Life must be the community and a personal relationship with Jesus Christ. The community offers support, strength, and an opportunity to express ourselves in a setting that displays no judgment and criticism. We become one body and one mind in Jesus through living in a commune with one another. It becomes our security; shielding us from the outside world while keeping us transfixed in the moment. Here, the Love of God is manifested and shared. As Jesus said, “Where two or three are gathered in my name I am in your midst.” There are no outside influences or temptations. There is just us and Jesus Christ.

Just as there are specific times where we come together to share our common love of Jesus Christ, there are times when we are encouraged to withdraw and be alone with Jesus Christ. Nurtured by the Word and nurtured by the Eucharist, we are then sent forth back into world bearing the Light of Christ which illuminates from us constantly. It is at this time the importance of the Eucharist and the Community Gathering take on a whole new meaning for we have now left the comfort and security of our Christian Family. It is just us and Jesus Christ. We are walking with Him and experiencing the Creation of God with Him at our side. Prayer and the receiving of the Eucharist give us strength to confront the challenges that are before us and the troubles that we may encounter. But what troubles are there really when we are with Jesus and recognize that our lover is here   at all times? The light of His presence always overcomes the darkness and brings joy even in times of calamity.

Jesus Christ brought forth a New Covenant established through His death and the shedding of His own blood. We are sharers in this as participants. We eat His body and drink His blood in celebration of this and all that it offers. We are eternally bound to Jesus and become one with Him in a perpetual way. Nothing can break what has joined us to Him except for us. Voluntarily we enter it and voluntary we can leave. But why would we want to leave if we have everything to gain by remaining in it?  Jesus Christ is here for us. His Church is here for us. All of creation is here for us. Why would we even consider rejecting everything that was so tenderly prepared for us to enjoy and experience. To be joyful we just need to understand what we have already been given freely out of love.

Deacon Tom










Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo
Leccionario: 168

Primera lectura

Ex 24, 3-8
En aquellos días, Moisés bajó del monte Sinaí y refirió al pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado. Y el pueblo contestó a una voz: “Haremos todo lo que dice el Señor”.

Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano, construyó un altar al pie del monte y puso al lado del altar doce piedras conmemorativas, en representación de las doce tribus de Israel.

Después mandó a algunos jóvenes israelitas a ofrecer holocaustos e inmolar novillos, como sacrificios pacíficos en honor del Señor. Tomó la mitad de la sangre, la puso en vasijas y derramó sobre el altar la otra mitad.

Entonces tomó el libro de la alianza y lo leyó al pueblo, y el pueblo respondió: “Obedeceremos. Haremos todo lo que manda el Señor”.

Luego Moisés roció al pueblo con la sangre, diciendo: “Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a las palabras que han oído”.


Salmo Responsorial

Salmo 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18
R. (13) Levantaré el cáliz de la salvación.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Levantaré el cáliz de la salvación,
e invocaré el nombre del Señor.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.
A los ojos del Señor es muy penoso
que mueran sus amigos.
De la muerte, Señor, me has librado,
A mí, tu esclavo e hijo de tu esclava.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.
Te ofreceré con gratitud un sacrificio
e invocaré tu nombre.
Cumpliré mis promesas al Señor
ante todo su pueblo.
R. Levantaré el cáliz de la salvación.


Segunda lectura

Heb 9, 11-15
Hermanos: Cuando Cristo se presentó como sumo sacerdote que nos obtiene los bienes definitivos, penetró una sola vez y para siempre en el “lugar santísimo”, a través de una tienda, que no estaba hecha por mano de hombres, ni pertenecía a esta creación. No llevó consigo sangre de animales, sino su propia sangre, con la cual nos obtuvo una redención eterna.

Porque si la sangre de los machos cabríos y de los becerros y las cenizas de una ternera, cuando se esparcían sobre los impuros, eran capaces de conferir a los israelitas una pureza legal, meramente exterior, ¡cuánto más la sangre de Cristo purificará nuestra conciencia de todo pecado, a fin de que demos culto al Dios vivo, ya que a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo como sacrificio inmaculado a Dios, y así podrá purificar nuestra conciencia de las obras que conducen a la muerte, para servir al Dios vivo!

Por eso, Cristo es el mediador de una alianza nueva. Con su muerte hizo que fueran perdonados los delitos cometidos durante la antigua alianza, para que los llamados por Dios pudieran recibir la herencia eterna que él les había prometido.

Secuencia


Al Salvador alabemos,
que es nuestro pastor y guía.
Alabémoslo con himnos
y canciones de alegría.

Alabémoslo sin límites
y con nuestras fuerzas todas;
pues tan grande es el Señor,
que nuestra alabanza es poca.

Gustosos hoy aclamamos
a Cristo, que es nuestro pan,
pues él es el pan de vida,
que nos da vida inmortal.

Doce eran los que cenaban
y les dio pan a los doce.
Doce entonces lo comieron,
y, después, todos los hombres.

Sea plena la alabanza
y llena de alegres cantos;
que nuestra alma se desborde
en todo un concierto santo.

Hoy celebramos con gozo
la gloriosa institución
de este banquete divino,
el banquete del Señor.

Ésta es la nueva Pascua,
Pascua del único Rey,
que termina con la alianza
tan pesada de la ley.

Esto nuevo, siempre nuevo,
es la luz de la verdad,
que sustituye a lo viejo
con reciente claridad.

En aquella última cena
Cristo hizo la maravilla
de dejar a sus amigos
el memorial de su vida.

Enseñados por la Iglesia,
consagramos pan y vino,
que a los hombres nos redimen,
y dan fuerza en el camino.

Es un dogma del cristiano
que el pan se convierte en carne,
y lo que antes era vino
queda convertido en sangre.

Hay cosas que no entendemos,
pues no alcanza la razón;
mas si las vemos con fe,
entrarán al corazón.

Bajo símbolos diversos
y en diferentes figuras,
se esconden ciertas verdades
maravillosas, profundas.

Su sangre es nuestra bebida;
su carne, nuestro alimento;
pero en el pan o en el vino
Cristo está todo completo.

Quien lo come no lo rompe,
no lo parte ni divide;
él es el todo y la parte;
vivo está en quien lo recibe.

Puede ser tan sólo uno
el que se acerca al altar,
o pueden ser multitudes:
Cristo no se acabará.

Lo comen buenos y malos,
con provecho diferente;
no es lo mismo tener vida
que ser condenado a muerte.

A los malos les da muerte
y a los buenos des da vida.
¡Qué efecto tan diferente
tiene la misma comida!

Si lo parten, no te apures;
sólo parten lo exterior;
en el mínimo fragmento
entero late el Señor.

Cuando parten lo exterior
sólo parten lo que has visto;
no es una disminución
de la persona de Cristo.

*El pan que del cielo baja
es comida de viajeros.
Es un pan para los hijos.
¡No hay que tirarlo a los perros!

Isaac, el inocente,
es figura de este pan,
con el cordero de Pascua
y el misterioso maná.

Ten compasión de nosotros,
buen pastor, pan verdadero.
Apaciéntanos y cuídanos
y condúcenos al cielo.

Todo lo puedes y sabes,
pastor de ovejas, divino.
Concédenos en el cielo
gozar la herencia contigo.
Amén.

Aclamación antes del Evangelio

Jn 6, 51

R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, dice el Señor;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
R. Aleluya.


Evangelio

Mc 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Azimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le preguntaron a Jesús sus discípulos: “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?” Él les dijo a dos de ellos: “Vayan a la ciudad. Encontrarán a un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y díganle al dueño de la casa en donde entre: ‘El Maestro manda preguntar: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?’ Él les enseñará una sala en el segundo piso, arreglada con divanes. Prepárennos allí la cena”. Los discípulos se fueron, llegaron a la ciudad, encontraron lo que Jesús les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras cenaban, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen: esto es mi cuerpo”. Y tomando en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias, se la dio, todos bebieron y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Yo les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Después de cantar el himno, salieron hacia el monte de los Olivos.



Mis hermanos y hermanas,

 
Antes de que Jesús sufriera y muriera por nosotros, nos dio a todos un regalo muy precioso que aseguraría que Él estuviera con nosotros siempre mental, física y espiritualmente hasta que venga nuevamente en toda su gloria. Una de Sus últimas instrucciones fue que todos nosotros recibamos Su Cuerpo y Sangre, que está presente en la Eucaristía. A partir de ese momento, durante más de 2000 años, nosotros, como cristianos, celebramos junto con Jesús la recepción de Él en nosotros mismos. Es a través de este acto que profesamos nuestro amor por Él y obtenemos el alimento espiritual que nos fortalece; permitiéndonos enfrentar los desafíos y obstáculos que encontramos a lo largo de nuestras vidas. Es una gracia especial que fue instituida y distribuida a través de la Santa Madre Iglesia a través de la guía de los Apóstoles. La importancia de esto no puede ser exagerada. La consagración de la Eucaristía está en el centro de nuestra adoración, nuestra fe, nuestras vidas y toda la creación. La forma en que nos reunimos en comunidad para adorar sigue siendo la misma porque es la forma en que Jesús quería que lo experimentáramos y viviéramos con él. La Santa Misa nos da la oportunidad de reunirnos como familia y experimentar juntos a Jesucristo.

En el centro de una vida cristiana debe ser la comunidad y una relación personal con Jesucristo. La comunidad ofrece apoyo, fortaleza y la oportunidad de expresarnos en un entorno que no muestra juicios ni críticas. Nos convertimos en un cuerpo y una sola mente en Jesús a través de vivir en una comuna con los demás. Se convierte en nuestra seguridad; protegiéndonos del mundo exterior mientras nos mantiene paralizados en el momento. Aquí, el Amor de Dios se manifiesta y se comparte. Como dijo Jesús: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ustedes". No hay influencias externas ni tentaciones. Solo somos nosotros y Jesucristo.

Así como hay momentos específicos en los que nos unimos para compartir nuestro amor común por Jesucristo, hay ocasiones en que nos alientan a retirarnos y estar a solas con Jesucristo. Alimentados por la Palabra y nutridos por la Eucaristía, somos enviados de regreso al mundo portador de la Luz de Cristo que nos ilumina constantemente. Es en este momento que la importancia de la Eucaristía y el Encuentro comunitario adquieren un significado completamente nuevo, ya que ahora hemos dejado la comodidad y la seguridad de nuestra Familia cristiana. Somos solo nosotros y Jesucristo. Estamos caminando con Él y experimentando la Creación de Dios con Él a nuestro lado. La oración y la recepción de la Eucaristía nos dan fortaleza para enfrentar los desafíos que tenemos ante nosotros y los problemas que podemos enfrentar. Pero, ¿qué problemas hay realmente cuando estamos con Jesús y reconocemos que nuestro amante está aquí todo el tiempo? La luz de su presencia siempre supera la oscuridad y trae alegría incluso en tiempos de calamidad.

Jesucristo dio a luz un Nuevo Pacto establecido a través de Su muerte y el derramamiento de Su propia sangre. Somos partícipes de esto como participantes. Comemos Su cuerpo y bebemos Su sangre para celebrar esto y todo lo que ofrece. Estamos eternamente atados a Jesús y nos volvemos uno con Él de manera perpetua. Nada puede romper lo que nos unió a Él, excepto por nosotros. Voluntariamente ingresamos y voluntariamente podemos irnos. Pero, ¿por qué querríamos irnos si tenemos todo que ganar quedándonos en él? Jesucristo está aquí para nosotros. Su Iglesia está aquí para nosotros. Toda la creación está aquí para nosotros. ¿Por qué siquiera consideraríamos rechazar todo lo que tan tiernamente se preparó para que lo disfrutemos y experimentemos? Para estar contentos solo necesitamos entender lo que ya nos han dado libremente por amor.

Diácono Tom