DEACON TOM ANTHONY

Sunday, April 14, 2019






Domingo de Ramos
"De la pasión del Señor"
Leccionario: 37/38

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén
Procesión de las Palmas
37

Evangelio

Lc 19, 28-40
En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: "Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: 'El Señor lo necesita' ".

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: "¿Por qué lo desamarran?" Ellos contestaron: "El Señor lo necesita". Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo:

"¡Bendito el rey
que viene en nombre del Señor!

¡Paz en el cielo
y gloria en las alturas!"

Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: "Maestro, reprende a tus discípulos". Él les replicó: "Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras". 

La Misa

Primera Lectura

Is 50, 4-7

"El Señor me ha dado una lengua experta,
para que pueda confortar al abatido
con palabras de aliento.

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído,
para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras
y yo no he opuesto resistencia
ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda,
por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca
y sé que no quedaré avergonzado".


Salmo Responsorial

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24
R. (2a) Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos los que me ven, de mí se burlan;
me hacen gestos y dicen:
"Confiaba en el Señor, pues que él lo salve;
si de veras lo ama, que lo libre".
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Los malvados me cercan por doquiera
como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado
y se puedan contar todos mis huesos.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Reparten entre sí mis vestiduras
y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayudarme,
no te quedes de mí tan alejado.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo;
glorificarlo, linaje de Jacob,
témelo, estirpe de Israel.
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Segunda Lectura

Flp 2, 6-11

Cristo, siendo Dios,
no consideró que debía aferrarse
a las prerrogativas de su condición divina,
sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de siervo,
y se hizo semejante a los hombres.
Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.


Aclamación antes del Evangelio

Flp 2, 8-9
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio

Lc 22, 14–23, 56
Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: "Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios". Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: "Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios".

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: "Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía". Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: "Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes".

"Pero miren: la mano del que me va a entregar está conmigo en la mesa. Porque el Hijo del hombre va a morir, según lo decretado; pero ¡ay de aquel hombre por quien será entregado!" Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que lo iba a traicionar.

Después los discípulos se pusieron a discutir sobre cuál de ellos debería ser considerado como el más importante. Jesús les dijo: "Los reyes de los paganos los dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes no hagan eso, sino todo lo contrario: que el mayor entre ustedes actúe como si fuera el menor, y el que gobierna, como si fuera un servidor. Porque, ¿quién vale más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de ustedes como el que sirve. Ustedes han perseverado conmigo en mis pruebas, y yo les voy a dar el Reino, como mi Padre me lo dio a mí, para que coman y beban a mi mesa en el Reino, y se siente cada uno en un trono, para juzgar a las doce tribus de Israel".

Luego añadió: "Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para zarandearlos como trigo; pero yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos". Él le contestó: "Señor, estoy dispuesto a ir contigo incluso a la cárcel y a la muerte". Jesús le replicó: "Te digo, Pedro, que hoy, antes de que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces".

Después les dijo a todos ellos: "Cuando los envié sin provisiones, sin dinero ni sandalias, ¿acaso les faltó algo?" Ellos contestaron: "Nada". Él añadió: "Ahora, en cambio, el que tenga dinero o provisiones, que los tome; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Les aseguro que conviene que se cumpla esto que está escrito de mí: Fue contado entre los malhechores, porque se acerca el cumplimiento de todo lo que se refiere a mí". Ellos le dijeron: "Señor, aquí hay dos espadas". Él les contestó: "¡Basta ya!"

Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos y lo acompañaron los discípulos. Al llegar a ese sitio, les dijo: "Oren, para no caer en la tentación". Luego se alejó de ellos a la distancia de un tiro de piedra y se puso a orar de rodillas, diciendo: "Padre, si quieres, aparta de mí esta amarga prueba; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya". Se le apareció entonces un ángel para confortarlo; él, en su angustia mortal, oraba con mayor insistencia, y comenzó a sudar gruesas gotas de sangre, que caían hasta el suelo. Por fin terminó su oración, se levantó, fue hacia sus discípulos y los encontró dormidos por la pena. Entonces les dijo: "¿Por qué están dormidos? Levántense y oren para no caer en la tentación".

Todavía estaba hablando, cuando llegó una turba encabezada por Judas, uno de los Doce, quien se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: "Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?"

Al darse cuenta de lo que iba a suceder, los que estaban con él dijeron: "Señor, ¿los atacamos con la espada?" Y uno de ellos hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo: "¡Dejen! ¡Basta!" Le tocó la oreja y lo curó.

Después Jesús dijo a los sumos sacerdotes, a los encargados del templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: "Han venido a aprehenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido. Todos los días he estado con ustedes en el templo y no me echaron mano. Pero ésta es su hora y la del poder de las tinieblas".

Ellos lo arrestaron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en la casa del sumo sacerdote. Pedro los seguía desde lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó también con ellos. Al verlo sentado junto a la lumbre, una criada se le quedó mirando y dijo: "Éste también estaba con él". Pero él lo negó diciendo: "No lo conozco, mujer". Poco después lo vio otro y le dijo: "Tú también eres uno de ellos". Pedro replicó: "¡Hombre, no lo soy!" Y como después de una hora, otro insistió: "Sin duda que éste también estaba con él, porque es galileo". Pedro contestó: "¡Hombre, no sé de qué hablas!" Todavía estaba hablando, cuando cantó un gallo.

El Señor, volviéndose, miró a Pedro. Pedro se acordó entonces de las palabras que el Señor le había dicho: 'Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces', y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.

Los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, le daban golpes, le tapaban la cara y le preguntaban: "¿Adivina quién te ha pegado?" Y proferían contra él muchos insultos.

Al amanecer se reunió el consejo de los ancianos con los sumos sacerdotes y los escribas. Hicieron comparecer a Jesús ante el sanedrín y le dijeron: "Si tú eres el Mesías, dínoslo". Él les contestó: "Si se lo digo, no lo van a creer, y si les pregunto, no me van a responder. Pero ya desde ahora, el Hijo del hombre está sentado a la derecha de Dios todopoderoso". Dijeron todos: "Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?" Él les contestó: "Ustedes mismos lo han dicho: sí lo soy". Entonces ellos dijeron: "¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Nosotros mismo lo hemos oído de su boca". El consejo de los ancianos, con los sumos sacerdotes y los escribas, se levantaron y llevaron a Jesús ante Pilato.

Entonces comenzaron a acusarlo, diciendo: "Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey".

Pilato preguntó a Jesús: "¿Eres tú el rey de los judíos?" Él le contestó: "Tú lo has dicho". Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: "No encuentro ninguna culpa en este hombre". Ellos insistían con más fuerza, diciendo: "Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí". Al oír esto, Pilato preguntó si era galileo, y al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió, ya que Herodes estaba en Jerusalén precisamente por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, porque hacía mucho tiempo que quería verlo, pues había oído hablar mucho de él y esperaba presenciar algún milagro suyo. Le hizo muchas preguntas, pero él no le contestó ni una palabra. Estaban ahí los sumos sacerdotes y los escribas, acusándolo sin cesar. Entonces Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él, y le mandó poner una vestidura blanca. Después se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes eran enemigos.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, y les dijo: "Me han traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; pero yo lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en él ninguna de las culpas de que lo acusan. Tampoco Herodes, porque me lo ha enviado de nuevo. Ya ven que ningún delito digno de muerte se ha probado. Así pues, le aplicaré un escarmiento y lo soltaré".

Con ocasión de la fiesta, Pilato tenía que dejarles libre a un preso. Ellos vociferaron en masa, diciendo: "¡Quita a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!" A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra, con la intención de poner en libertad a Jesús; pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo, crucifícalo!" Él les dijo por tercera vez: "¿Pues qué ha hecho de malo? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte; de modo que le aplicaré un escarmiento y lo soltaré". Pero ellos insistían, pidiendo a gritos que lo crucificara. Como iba creciendo el griterío, Pilato decidió que se cumpliera su petición; soltó al que le pedían, al que había sido encarcelado por revuelta y homicidio, y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo llevaban a crucificar, echaron mano a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo obligaron a cargar la cruz, detrás de Jesús. Lo iba siguiendo una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo: "Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos, porque van a venir días en que se dirá: '¡Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado!' Entonces dirán a los montes: 'Desplómense sobre nosotros', y a las colinas: 'Sepúltennos', porque si así tratan al árbol verde, ¿qué pasará con el seco?"

Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado "la Calavera", lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes.

El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido". También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: "Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo". Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: "Éste es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: "Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros". Pero el otro le reclamaba, indignado: "¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho". Y le decía a Jesús: "Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí". Jesús le respondió: "Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso".

Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: "¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Y dicho esto, expiró.

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.

El oficial romano, al ver lo que pasaba, dio gloria a Dios, diciendo: "Verdaderamente este hombre era justo". Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, mirando lo que ocurría, se volvió a su casa dándose golpes de pecho. Los conocidos de Jesús se mantenían a distancia, lo mismo que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, y permanecían mirando todo aquello.

Un hombre llamado José, consejero del sanedrín, hombre bueno y justo, que no había estado de acuerdo con la decisión de los judíos ni con sus actos, que era natural de Arimatea, ciudad de Judea, y que aguardaba el Reino de Dios, se presentó ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Pascua y ya iba a empezar el sábado. Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea acompañaron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Al regresar a su casa, prepararon perfumes y ungüentos, y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento
.
Mis hermanos y hermanas,
 Hoy estamos invitados a reflexionar sobre La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Con la celebración de este día hemos entrado en la Semana Santa, la semana más importante del año en el Calendario Litúrgico y la semana más importante del año para nosotros como cristianos. La semana comienza con una celebración: la entrada triunfante de Jesús a Jerusalén. Reprogramamos ese momento glorioso, ya que todas las comunidades cristianas de nuestras comunidades cristianas llevan palmas, al igual que los que recibieron a Jesús antes. Nos regocijamos y cantamos al igual que los que nos precedieron, mientras colocaban las palmas de las manos ante Jesús mientras avanzaba sobre un asno. La diferencia es que glorificamos a Jesús antes y después de este evento. Usamos este momento para experimentar alegría en nuestras vidas cuando profesamos la verdad sobre Jesús y lo que Él significa para nosotros: de hecho, él es nuestro salvador y Dios. El propósito de esta celebración es enfatizar quiénes somos y en qué creemos y luego usarlo como estímulo cuando comencemos a experimentar la Pasión con Jesús. Siempre estamos unidos a Él tanto en nuestra alegría como en el sufrimiento que vendrá después.
El Domingo de la Pasión prepara el escenario para la Semana Santa y nos invita a una experiencia espiritual que exigirá una respuesta emocional que esté fuertemente conectada a nuestra espiritualidad. Para reconocer completamente a dónde nos dirigimos en este viaje, debe entenderse que Dios está más allá del tiempo y el espacio. Él es el alfa y el omega. El tiempo con Él no es lineal y no es un factor cuando nos comprometemos con Él en un nivel espiritual. En nuestra vida de oración y en nuestra adoración, cuando elegimos caminar la Pasión con Jesucristo, estamos con Él en ese momento. Él está sufriendo por nosotros como una expresión de su amor por nosotros y para recordarnos el sacrificio que hizo por nuestra salvación. Al igual que la Eucaristía, estamos invitados a una relación mística que va más allá del tiempo y el espacio. Es lo que define la Iglesia Mística y la Vida Mística que todos podemos participar en cualquier momento que decidamos.
La Semana Santa puede ser una experiencia que puede profundizar nuestra fe y acercarnos a Dios si permitimos que nos afecte según lo previsto. Siendo la semana más importante del año para los cristianos, debe ser tratada como tal por nosotros a quienes estaba destinada en primer lugar. Nada debe servir como un obstáculo para nuestra adoración y oración durante este tiempo especial. Comenzando con el domingo de la pasión, se debe tomar un enfoque más solemne de nuestra espiritualidad con un énfasis en Jesús. Debe tomarse el tiempo que normalmente se reservaba para algo más que el desarrollo y la experiencia religiosa, y se lo puso a Jesús con el entendimiento de que el enfoque está en lo eterno en lugar de lo que es físico y terminará finalmente. El punto es que a través de la experiencia de la Semana Santa nos acercaremos más a Jesús y lo que es eterno en nuestras vidas. Nos desafían a diario con las demandas de este mundo y aquí es cuando la victoria de Dios es evidente y proclamada por todos los que creen y sirven como ejemplo para aquellos que todavía no creen.
Es a través de las debilidades percibidas que tenemos que somos realmente fuertes: rendirnos a la Voluntad de Dios, amar a nuestros enemigos, perdonar a quienes nos hicieron daño y hacer todo a través, por y con Jesucristo. Estas cosas van directamente en contra de las expectativas y demandas de la sociedad, pero es porque abrazamos esta forma de vida que nos elevamos por encima del quebrantamiento de este mundo y nos volvemos a recuperar. Ese es el poder de Jesucristo. Él nos ha sanado al quebrantarse a sí mismo. Hoy celebramos el quebrantamiento de Cristo que nos hará más completos y comenzaremos el proceso de sanación en nosotros mismos, que luego se completará con la celebración de la Resurrección.
Tomemos todos nuestra cruz, nuestras penas, nuestro quebrantamiento, y viajemos juntos con Cristo al Calvario.

Diácono tom


Sunday, April 7, 2019






Fifth Sunday of Lent – Year A Readings
Lectionary: 34

Reading 1 Ez 37:12-14

Thus says the Lord GOD:
O my people, I will open your graves
and have you rise from them,
and bring you back to the land of Israel.
Then you shall know that I am the LORD,
when I open your graves and have you rise from them,
O my people!
I will put my spirit in you that you may live,
and I will settle you upon your land;
thus you shall know that I am the LORD.
I have promised, and I will do it, says the LORD.

Responsorial Psalm Ps 130:1-2, 3-4, 5-6, 7-8.

R. (7) With the Lord there is mercy and fullness of redemption.
Out of the depths I cry to you, O LORD;
LORD, hear my voice!
Let your ears be attentive
to my voice in supplication.
R. With the Lord there is mercy and fullness of redemption.
If you, O LORD, mark iniquities,
LORD, who can stand?
But with you is forgiveness,
that you may be revered.
R. With the Lord there is mercy and fullness of redemption.
I trust in the LORD;
my soul trusts in his word.
More than sentinels wait for the dawn,
let Israel wait for the LORD.
R. With the Lord there is mercy and fullness of redemption.
For with the LORD is kindness
and with him is plenteous redemption;
And he will redeem Israel
from all their iniquities.
R. With the Lord there is mercy and fullness of redemption.

Reading 2 Rom 8:8-11

Brothers and sisters:
Those who are in the flesh cannot please God.
But you are not in the flesh;
on the contrary, you are in the spirit,
if only the Spirit of God dwells in you.
Whoever does not have the Spirit of Christ does not belong to him.
But if Christ is in you,
although the body is dead because of sin,
the spirit is alive because of righteousness.
If the Spirit of the one who raised Jesus from the dead dwells in you,
the one who raised Christ from the dead
will give life to your mortal bodies also,
through his Spirit dwelling in you.

Verse Before the Gospel Jn 11:25a, 26

I am the resurrection and the life, says the Lord;
whoever believes in me, even if he dies, will never die.

Gospel Jn 11:1-45

Now a man was ill, Lazarus from Bethany,
the village of Mary and her sister Martha.
Mary was the one who had anointed the Lord with perfumed oil
and dried his feet with her hair;
it was her brother Lazarus who was ill.

So the sisters sent word to him saying,
"Master, the one you love is ill."
hen Jesus heard this he said,
"This illness is not to end in death,
but is for the glory of God,
that the Son of God may be glorified through it."
Now Jesus loved Martha and her sister and Lazarus.
So when he heard that he was ill,
he remained for two days in the place where he was.
Then after this he said to his disciples,
"Let us go back to Judea."
The disciples said to him,
"Rabbi, the Jews were just trying to stone you,
and you want to go back there?"
Jesus answered,
"Are there not twelve hours in a day?
If one walks during the day, he does not stumble,
because he sees the light of this world.
But if one walks at night, he stumbles,
because the light is not in him."
He said this, and then told them,
"Our friend Lazarus is asleep,
but I am going to awaken him."
So the disciples said to him,
"Master, if he is asleep, he will be saved."
But Jesus was talking about his death,
while they thought that he meant ordinary sleep.
So then Jesus said to them clearly,
"Lazarus has died.
And I am glad for you that I was not there,
that you may believe.
Let us go to him."
So Thomas, called Didymus, said to his fellow disciples,
"Let us also go to die with him."

When Jesus arrived, he found that Lazarus
had already been in the tomb for four days.
Now Bethany was near Jerusalem, only about two miles away.
And many of the Jews had come to Martha and Mary
to comfort them about their brother.
When Martha heard that Jesus was coming,
she went to meet him;
but Mary sat at home.
Martha said to Jesus,
"Lord, if you had been here,
my brother would not have died.
But even now I know that whatever you ask of God,
God will give you."
Jesus said to her,

"Your brother will rise."
Martha said to him,
"I know he will rise,
in the resurrection on the last day."
Jesus told her,
"I am the resurrection and the life;
whoever believes in me, even if he dies, will live,
and everyone who lives and believes in me will never die.
Do you believe this?"
She said to him, "Yes, Lord.
I have come to believe that you are the Christ, the Son of God,
the one who is coming into the world."

When she had said this,
she went and called her sister Mary secretly, saying,
"The teacher is here and is asking for you."
As soon as she heard this,
she rose quickly and went to him.
For Jesus had not yet come into the village,
but was still where Martha had met him.
So when the Jews who were with her in the house comforting her
saw Mary get up quickly and go out,
they followed her,
presuming that she was going to the tomb to weep there.
When Mary came to where Jesus was and saw him,
she fell at his feet and said to him,
"Lord, if you had been here,
my brother would not have died."
When Jesus saw her weeping and the Jews who had come with her weeping,
he became perturbed and deeply troubled, and said,
"Where have you laid him?"
They said to him, "Sir, come and see."
And Jesus wept.
So the Jews said, "See how he loved him."
But some of them said,
"Could not the one who opened the eyes of the blind man
have done something so that this man would not have died?"

So Jesus, perturbed again, came to the tomb.
It was a cave, and a stone lay across it.
Jesus said, "Take away the stone."
Martha, the dead man's sister, said to him,
"Lord, by now there will be a stench;
he has been dead for four days."
Jesus said to her,
"Did I not tell you that if you believe
you will see the glory of God?"
So they took away the stone.
And Jesus raised his eyes and said,

"Father, I thank you for hearing me.
I know that you always hear me;
but because of the crowd here I have said this,
that they may believe that you sent me."
And when he had said this,
He cried out in a loud voice,
"Lazarus, come out!"
The dead man came out,
tied hand and foot with burial bands,
and his face was wrapped in a cloth.
So Jesus said to them,
"Untie him and let him go."

Now many of the Jews who had come to Mary
and seen what he had done began to believe in him.

My Brothers and Sisters,
 Throughout Sacred Scriptures God makes us promises that are to be fulfilled when we enter into a relationship with Him. A transformative experience is promised and a new life is offered with a higher awareness of the universe around us. This may seem overwhelming and unachievable based on how we have interacted with Him up until this point or because of the situations we find ourselves in presently. A comforting point is the understanding that when God made these promises it was always during a time of crisis and critical change in the Jewish community. Prophets never appeared during times of prosperity or religious adherence. They were called to the prophetic office during times of calamity and strife. Their words then became a message of hope and promise; enforcing the message of God and creating hope for all the people who heard them.
The Words of God are infinite in their purpose and meaning. What was said and written during a particular period have as much meaning today as they did back during their inception. Time is not linear but a concept which God is beyond and unaffected by. When we enter into a relationship with Him and experience His love we are brought into that same state of being: The mystical and spiritual side of life. In the Scripture Reading today God speaks of a resurrection of sorts; a rebirth to those whom He loves and claims as His own. A before and after comparison is given: before knowing God we were spiritually dead and faced the universal fate of death at the end of our physical existence and a spiritual deadness through not knowing God. Being claimed by God and accepting Him into our lives brings about a rebirth both in spirit and in the flesh. The flesh as we know it, our physical existence, becomes weaker and has no power over us while our spirituality takes on new strength and meaning. It then becomes the guiding force and power in our lives; guided by God.
Meditating on the words of God is a form of prayer that can bring us closer to Him. It is from here that what is said takes on a deeper meeting then what the words describe. There is an emotional content to what is being said meant to bring us to a higher spiritual awareness and welcome us into a higher state of being. It is through Sacred Scripture and the words of God that the physical world is shaken off and we become part of the relationship with God that is purely spiritual. We are then no longer in the flesh but have embraced the spirit which will ultimately lead us to God.  Sacred Scripture brings us understanding and wisdom that serves as a launching pad into something bigger and greater than ourselves. It is the roadmap and GPS that we will always need to insure that the path we are taking is sound in nature and is structured correctly.
Having the spirit of God within us means that we have begun a journey of relationship. Everyone starts with this spirit because everyone was created by God. Through our own actions, priorities, and spirituality the spirit is either realized all the more or pushed out; ultimately rejected by those who refuse the birthright of being Children of God. The Apostle Paul tells us in his Letter to the Romans that the flesh is at constant war with the spirit. Each individual, bases on his or her priorities and spirituality, will determine which one will be victorious. Those who possess the spirit of God are the ones who have chosen the side of the spirit and have accepted Jesus Christ into their lives. Those who do not possess the spirit are the ones who have rejected it or dismissed it as unimportant. It is through their choices that the flesh has obtained victory over the spirit and has expelled the spirit. The spirit did not leave. It was forced out but a fully independent choice of not having it or not possessing it.

The story of the resurrection of Lazarus emphasizes Christ’s victory over death itself. Lazarus was not dead but asleep in a spiritual sense since the spirit is, by its nature, victorious over the flesh up to and including death. Those who accept the divinity of Jesus Christ and prioritize the spiritual over the physical are lifted up beyond the limitations and decay of the physical world which define what the flesh is. It is through Jesus Christ that the limitations of the physical are destroyed and all take on the nature of the spiritual. There is nothing left to fear or to despise. There is only His love which will define everything that comes after it. It speaks to the beginning and end of all things. In the beginning there was love and with that same love we are brought to the end of us physically only to encounter that which was always there: Love for eternity.

Deacon Tom








V Domingo de Cuaresma
Leccionario: 34

Primera lectura

Ez 37, 12-14
Esto dice el Señor Dios: “Pueblo mío, yo mismo abriré sus sepulcros, los haré salir de ellos y los conduciré de nuevo a la tierra de Israel.

Cuando abra sus sepulcros y los saque de ellos, pueblo mío, ustedes dirán que yo soy el Señor.

Entonces les infundiré mi espíritu y vivirán, los estableceré en su tierra y ustedes sabrán que yo, el Señor, lo dije y lo cumplí”.


Salmo Responsorial

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8
R. (7) Perdónanos, Señor, y viviremos.
Desde el abismo de mis pecados clamo a ti;
Señor, escucha mi clamor;
que estén atentos tus oídos
a mi voz suplicante.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Si conservaras el recuerdo de las culpas,
¿quién habría, Señor, que se salvara?
Pero de ti procede el perdón,
por eso con amor te veneramos.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Confío en el Señor,
mi alma espera y confía en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
mucho más que la aurora el centinela.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.
Como aguarda a la aurora el centinela,
Aguarde Israel al Señor,
porque del Señor viene la misericordia
y la abundancia de la redención,
y él redimirá a su pueblo
de todos sus iniquidades.
R. Perdónanos, Señor, y viviremos.


Segunda Lectura

Rm 8, 8-11
Hermanos: Los que viven en forma desordenada y egoísta no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no llevan esa clase de vida, sino una vida conforme al Espíritu, puesto que el Espíritu de Dios habita verdaderamente en ustedes.

Quien no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. En cambio, si Cristo vive en ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios.

Si el Espíritu del Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en ustedes, entonces el Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos, también les dará vida a sus cuerpos mortales, por obra de su Espíritu, que habita en ustedes.


Aclamación antes del Evangelio

Jn 11, 25. 26
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor;
el que cree en mí no morirá para siempre.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio

Jn 11, 1-45
En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”.

Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”. Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Ahora, vamos allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar allí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

O bien:

Jn 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

En aquel tiempo, Marta y María, las dos hermanas de Lázaro, le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a su discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Jesús se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Mis hermanos y hermanas,
 A lo largo de las Sagradas Escrituras, Dios nos hace promesas que deben cumplirse cuando entramos en una relación con él. Se promete una experiencia transformadora y se ofrece una nueva vida con una mayor conciencia del universo que nos rodea. Esto puede parecer abrumador e inalcanzable en función de cómo hemos interactuado con Él hasta este momento o debido a las situaciones en las que nos encontramos actualmente. Un punto reconfortante es la comprensión de que cuando Dios hizo estas promesas, siempre fue durante un tiempo de crisis y cambio crítico en la comunidad judía. Los profetas nunca aparecieron en tiempos de prosperidad o adhesión religiosa. Fueron llamados a la oficina profética en tiempos de calamidad y conflicto. Sus palabras se convirtieron entonces en un mensaje de esperanza y promesa; haciendo cumplir el mensaje de Dios y creando esperanza para todas las personas que los escucharon.
Las palabras de Dios son infinitas en su propósito y significado. Lo que se dijo y se escribió durante un período particular tiene tanto significado hoy como lo hicieron durante su inicio. El tiempo no es lineal, sino un concepto que Dios está más allá y no se ve afectado por. Cuando entramos en una relación con Él y experimentamos su amor, nos introducimos en ese mismo estado de ser: el lado místico y espiritual de la vida. En la Lectura bíblica de hoy, Dios habla de una especie de resurrección; un renacimiento de aquellos a quienes él ama y reclama como suyos. Se da una comparación antes y después: antes de conocer a Dios estábamos espiritualmente muertos y enfrentábamos el destino universal de la muerte al final de nuestra existencia física y una muerte espiritual por no conocer a Dios. Ser reclamado por Dios y aceptarlo en nuestras vidas produce un renacimiento tanto en espíritu como en la carne. La carne tal como la conocemos, nuestra existencia física, se debilita y no tiene poder sobre nosotros, mientras que nuestra espiritualidad adquiere nueva fuerza y ​​significado. Entonces se convierte en la fuerza guía y el poder en nuestras vidas; guiado por dios
Meditar en las palabras de Dios es una forma de oración que nos puede acercar a Él. Es desde aquí que lo que se dice adquiere una reunión más profunda de lo que describen las palabras. Hay un contenido emocional en lo que se dice que pretende llevarnos a una mayor conciencia espiritual y darnos la bienvenida a un estado superior de ser. Es a través de la Sagrada Escritura y las palabras de Dios que el mundo físico es sacudido y nos convertimos en parte de la relación con Dios que es puramente espiritual. Entonces ya no estamos en la carne, sino que hemos abrazado el espíritu que finalmente nos llevará a Dios. La Sagrada Escritura nos brinda comprensión y sabiduría que sirve como plataforma de lanzamiento para algo más grande y más grande que nosotros mismos. Es la hoja de ruta y el GPS que siempre necesitaremos para asegurarnos de que el camino que estamos tomando tenga una naturaleza sólida y esté estructurado correctamente.
Tener el espíritu de Dios dentro de nosotros significa que hemos comenzado un viaje de relación. Todos comienzan con este espíritu porque todos fueron creados por Dios. A través de nuestras propias acciones, prioridades y espiritualidad, el espíritu se realiza aún más o es expulsado; En última instancia, rechazado por aquellos que rechazan el derecho de nacimiento de ser hijos de Dios. El apóstol Pablo nos dice en su Carta a los romanos que la carne está en constante guerra con el espíritu. Cada individuo, basado en sus prioridades y espiritualidad, determinará cuál será victorioso. Los que poseen el espíritu de Dios son los que han elegido el lado del espíritu y han aceptado a Jesucristo en sus vidas. Aquellos que no poseen el espíritu son los que lo han rechazado o lo han descartado por carecer de importancia. Es a través de sus elecciones que la carne ha obtenido la victoria sobre el espíritu y ha expulsado al espíritu. El espíritu no se fue. Fue expulsado, pero una opción totalmente independiente de no tenerlo o no poseerlo.
La historia de la resurrección de Lázaro enfatiza la victoria de Cristo sobre la muerte misma. Lázaro no estaba muerto sino dormido en un sentido espiritual ya que el espíritu es, por su naturaleza, victorioso sobre la carne hasta e incluso la muerte. Aquellos que aceptan la divinidad de Jesucristo y dan prioridad a lo espiritual sobre lo físico se elevan más allá de las limitaciones y la decadencia del mundo físico que definen lo que es la carne. Es a través de Jesucristo que las limitaciones de lo físico se destruyen y todos asumen la naturaleza de lo espiritual. No hay nada más que temer o despreciar. Solo su amor definirá todo lo que venga después. Habla al principio y al final de todas las cosas. Al principio había amor, y con ese mismo amor llegamos al final de nosotros solo físicamente para encontrar lo que siempre estaba allí: el amor por la eternidad.

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