DEACON TOM ANTHONY

Sunday, February 7, 2016







My Brothers and Sisters,

We are all called to come forward and follow Jesus Christ. This call is continuous from the moment of our conception and continues throughout our lives. When we respond to this call there will be moments of elation and joy; the love of God will fill us as we see what our lives can be when we live it with Jesus Christ. But, there will also be times when we start to reflect on our sinfulness and past actions. This might lead to feelings of regret when we compare the person that we were without Jesus Christ to the person that we can be with his influence and guidance. It must be understood that we are all sinners and undeserving of salvation. Salvation is not earned, it is given freely by Jesus Christ and through Jesus Christ. We must pray earnestly to have Jesus takes these feelings of brokenness from us and replace them with his love for us.

When Isaiah was called by God to the prophetic office and received a vision of the Lord, he was overcome with a feeling of unworthiness. He was then cleansed through the mercy and love of God. When we recognize God and accept His love the same transformation happens to us. This transformation is continuous. We are slowly being molded and shaped by the one who loves us unconditionally. This will initiate a struggle within us but one that we will ultimately win as long as we keep our focus on building our relationship with God. In the Gospel Reading today, when Peter, James, and John were called forth by Jesus, there was a realization that they were sinful men. Peter fell to his knees begging Jesus to depart from his presence. Jesus accepted him as he was at that moment: a sinner. Jesus also accepts us in the same way. We are not yet a complete work of perfection and will not be until we are with God in eternity.

As Christians, we cannot espouse the things we are doing right but must continuously focus on what we are doing wrong. Proclaiming our successes leads to pride which will then become a gateway for a multitude of sins. We need to turn everything over to God and let Him do the work that only the presence of His love can do. It is only through the presence of His love that we can the persons that we want to be. We must surrender to His will and let Him guide us through the journey to salvation. The Apostle Paul always addressed himself first as a sinner. He even referred to himself as the least among the Apostles. He was serving as an example for all of us to follow. It is through humility and acknowledgement of being sinners that we achieve greatness.

Celebrating God’s Love helps us to come forth united. One person is not called. We are all called so we are encouraged to answer together. Being united opens the floodgates of God’s Love and enables us to share it freely for the benefit of everyone. No one should be excluded from this. All should be welcome. We are all co-workers in the vineyard building each other up and welcoming each others as sinners undeserving of God’s Love. Undeserving we are but nonetheless we are invited receive everything as God’s Children.

Deacon Tom






Mis hermanos y hermanas,

Todos estamos llamados a presentarse y seguir a Jesucristo. La llamada es continua desde el momento de nuestra concepción y continúa durante toda la vida. Cuando respondemos a esta llamada Habrá momentos de euforia y alegría; el amor de Dios nos llenará como vemos lo que nuestra vida puede ser cuando la vivimos con Jesucristo. Sin embargo, también habrá momentos en los que nos ponemos a reflexionar sobre nuestra pecaminosidad y acciones pasadas. Esto puede conducir a sentimientos de pesar cuando comparamos la persona que estábamos sin Jesucristo a la persona que podemos estar con su influencia y orientación. Se debe entender que todos somos pecadores y no merecedores de la salvación. La salvación no se gana, se ofrece libremente por Jesucristo y por medio de Jesucristo. Debemos orar fervientemente para que Jesús toma estos sentimientos de quebrantamiento de nosotros y reemplazarlos con su amor por nosotros.

Cuando Isaías fue llamado por Dios para el oficio profético y recibió una visión del Señor, que fue superada con un sentimiento de falta de mérito. Luego fue purificado a través de la misericordia y el amor de Dios. Cuando reconocemos a Dios y aceptar su amor la misma transformación que nos pasa. Esta transformación es continua. Que poco a poco están siendo moldeado y formado por aquel que nos ama incondicionalmente. Esto dará inicio a una lucha dentro de nosotros pero que vamos a ganar en última instancia, el tiempo que mantenemos nuestro enfoque en la construcción de nuestra relación con Dios. En el Evangelio de hoy, cuando Pedro, Santiago y Juan fueron llamados sucesivamente por Jesús, se comprendió que eran hombres pecadores. Pedro cayó de rodillas pidiendo a Jesús a apartarse de su presencia. Jesús lo aceptó como estaba en ese momento: una pecadora. Jesús también nos acepta de la misma manera. No estamos todavía un trabajo completo de la perfección y no será hasta que estemos con Dios en la eternidad.

Como cristianos, no podemos abrazar las cosas que estamos haciendo bien, pero hay que centrarse continuamente en lo que estamos haciendo mal. Proclamando nuestros éxitos conduce al orgullo que a su vez convertirse en una puerta de entrada para una multitud de pecados. Tenemos que poner todo en manos de Dios y dejar que Él haga el trabajo que sólo la presencia de su amor puede hacer. Es sólo a través de la presencia de su amor que podemos las personas que queremos ser. Hay que rendirse a su voluntad y dejar que Él nos guíe a través del viaje a la salvación. El apóstol Pablo siempre se dirigió por primera vez como un pecador. Incluso se refirió a sí mismo como la más pequeña entre los Apóstoles. Él estaba sirviendo como un ejemplo para todos nosotros a seguir. Es a través de la humildad y el reconocimiento de ser pecadores que alcanzar la grandeza.

Celebrando el amor de Dios nos ayuda para venir unidos. Una persona no se llama. Todos estamos llamados por lo que nos anima a responder juntos. Estar unido abre las compuertas del Amor de Dios y nos permite compartirla libremente en beneficio de todos. Nadie debe ser excluido de este. Todos deben ser bienvenidos. Todos somos compañeros de trabajo en la viña que construyen el uno al otro y uno hacia los demás como pecadores indignos del amor de Dios. Indignos somos, pero sin embargo se nos invita recibir todo como hijos de Dios.

Deacon Tom